Nuevo La despedida del Cerecero
Lisa Benoit
Tiempo de lectura: 6 minutos
La historia de un cerecero que sembró recuerdos de infancia y me enseñó que la vida está hecha de despedidas y nuevos comienzos.
¿Recuerdas esa época donde tus días se llenaban de juegos con amigos; donde la competencia de las carreras era tan intensa que se jalaban la ropa para ver quién llegaba primero; o donde te sentabas en una escalera para jugar con canicas con tus amigos y llegabas a la casa con una inmensa felicidad por haber llenado tus bolsillos de nuevas canicas, o una inmensa decepción de haber perdido todas las apuestas y quedarte con tu canica favorita o incluso ninguna? Esos días eran más lejanos para unos que para otros; para mí, esos días del pasado se encuentran unos diecinueve años atrás.
Bruselas, mi ciudad natal, es una de las ciudades más verdes de Europa, donde en cada rincón hay un parque acompañado de algún monumento arquitectónico, o una estatua glorificando algún personaje importante. Este lugar está completamente planificado, esto confiere alguna belleza, sin duda, pero a veces me genera falta de pertenencia. ¿Dónde están esos árboles que algún dispersor como las aves o murciélagos trajo de los bosques cercanos? Que yo recuerde, Bruselas no tiene árboles espontáneos, (con excepción de las hierbas nativas que son consideradas ruderales). A diferencia de Medellín, en Colombia, la otra hermosa ciudad en la que crecí, donde puedes encontrar árboles provenientes de algún bosque aledaño, como lo es por ejemplo, el Chaparro (Adenaria floribunda), que se encuentra dentro del campus de la universidad CES, y de cuya procedencia solo podríamos sugerir que fue traído por un ave.
Quizás por eso uno de los recuerdos más vivos de mi infancia no nació en un parque de la ciudad, sino en un pequeño terreno, rodeado de pequeños bosques, al que mi padre decidió dedicar gran parte de su tiempo. Él siempre ha sentido una profunda cercanía por las plantas, y soñaba con tener un lugar donde pudiera sembrar todo tipo de vida vegetal que se pudiera consumir. Encontró un terreno con una casa en muy mal estado; el lugar estaba lejos de ser habitable. Mis hermanos y yo tuvimos que ayudar a reconstruir el sitio, que desde finales del siglo XIX había sido una granja y que ya se encontraba bastante deteriorado, luego de pasar por varios incendios a lo largo de los años. Esas jornadas podían ser largas y extenuantes, y al ser un lugar inapropiado para niños, no teníamos con qué jugar. Sin embargo, para las épocas de verano, entre junio y julio, ocurría un evento que en ese entonces parecía una actividad más de la finca, pero que no sabía que iba a anhelar tanto en mi adultez: la recolección de cerezas.
Recuerdo cómo mi padre nos subía a mi hermano menor y a mí en la pala cargadora frontal de su tractor rojo oxidado, y nos dejaba en frente de un árbol que estaba repleto de cerezas maduras listas para ser cosechadas. Desde unas cuadras antes de llegar a la casa, se podía ver cuándo estaba listo, puesto que pintaba la esquina de la casa con sus frutos tan rojos, como el vino tinto de sabor más dulce e intenso que existe.

El cerecero referido tiene como nombre científico Prunus avium, un árbol de altura mediana que al florecer pierde sus hojas, y sus notables y abundantes flores blancas embellecían la calle como si se tratara de una nube blanca. Se trata de una estrategia de polinización, donde visibilizan por completo sus flores y señalan el camino a los insectos, sin poner hojas de por medio. Otras especies como Prunus serrulata, el famoso cerecero japones o también llamado flor de Sakura, son célebres por esta estrategia de floración, ya que pintan las calles de Japón, Nueva York, Washington DC y otras grandes ciudades del mundo, de color blanco rosadizo, un evento aprovechado como una muy buena estrategia económica para atraer turistas en las épocas de primavera.
Ambas especies pertenecen a la familia Rosaceae, de gran importancia agrícola y ornamental a nivel global, puesto que incluye especies como la manzana, las ciruelas, las peras y las rosas, entre otras. El género Prunus viene del latín prūnus que significa ciruela. Todas las especies del género tienen un fruto tipo drupa, característico por sus consistencia carnosa o fibrosa, con una semilla dura y leñosa en el centro, denominada hueso o pireno. Y avium deriva de una raíz latina que significa “aves”, ya que estos frutos suelen ser alimento para las aves. Las cerezas no son originarias del continente europeo. Los primeros indicios sobre su domesticación aparecen en los escritos de Teofrasto, un discípulo de Aristóteles, en el año 300 a. C. Pero se sugiere que las cerezas ya habían establecido una relación con los humanos mucho antes. Las encontraron por primera vez en la península de Anatolia, lo que ahora es conocido como Turquía. Para la época del Imperio Romano, tomó fama llegando a las calles como árboles ornamentales en Europa oriental y Rusia occidental. Finalmente, la especie llegó a Bélgica a finales del Siglo XVIII permaneciendo hasta el día de hoy.

El cerecero de la esquina en frente a la casa donde hoy vivo, murió. Mi padre dice que fue por su edad avanzada. Desde la ventana aún puedo ver los vestigios de lo que alguna vez fue un árbol que cada primavera cubría la calle con una nube de flores blancas. También puedo recordar lo dulce que eran sus frutos en verano y la inmensa felicidad con la que llegaba a mi casa, en Bruselas, para mostrarle a mi madre el balde repleto de cerezas recién cosechadas. Esa alegría no era muy distinta de la que sentía al volver del colegio con los bolsillos llenos de canicas ganadas. Hoy, como cuando perdía todas las apuestas de canicas y regresaba con las manos vacías, vuelvo a vivir una tristeza. Solo que esta vez no perdí canicas: perdí al árbol que durante años guardó una parte de mi infancia.
Su partida fue inesperada para mí. No tuve la oportunidad de despedirme. Quizá por eso, como una forma de agradecer todos los frutos que alguna vez nos regaló, decidimos plantar otro cerecero en su lugar. Porque así es la naturaleza: mientras unos parten, otros llegan. El ciclo continúa. Pero los árboles no solo dejan semillas, también dejan recuerdos y aprendizajes. Y entre todas las enseñanzas que me regaló aquel cerecero, quizás el más importante fue aprender que algunas despedidas llegan sin avisar y que aun así, siempre hay que agradecer todo lo vivido antes de dejarlas ir.
Referencias de interés
Para más información sobre la historia de la producción de la cereza:
Iezzoni, A., Schmidt, H. and Albertini, A. (1991). CHERRIES (PRUNUS). https://doi.org/10.17660/ActaHortic.1991.290.4
