Nuevo ¿Nos tomamos un café? Asignando nombres científicos a las plantas
Dino Tuberquia
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“Comprender la importancia de los nombres científicos, es el primer paso para conocer la diversidad vegetal y nos ayuda a crear vínculos con las plantas”
¿Cómo se llama esa planta? ¿a qué familia o género pertenece? Estas son preguntas habituales que nos hacemos los botánicos cuando nos confrontamos con la diversidad vegetal. En nuestro afán e interés por entender el mundo natural, uno de los más grandes propósitos se centra sin duda, en conocer la identidad de los organismos vivos, y de allí nació una rama de la ciencia que se considera básica dentro de la biología: la Taxonomía; la ciencia de identificar, clasificar y organizar organismos vivos.
Prepárese un café y hablemos del tema: cuando explico este concepto a mis estudiantes, apelo al símil de que todos, de una u otra forma, somos taxónomos; todos clasificamos y organizamos: la música, los libros, la vestimenta que usamos, las carpetas y archivos en nuestros computadores; queremos colocar cada cosa en su lugar; reunir en un sitio común, aquello que guarda más afinidad; encontrar las cosas de la manera más fácil y reconocer qué tanto tenemos de aquellos elementos que organizamos. Justo todas estas cosas las hacemos los taxónomos con las plantas; es una tarea constante y exhaustiva, porque en un país como Colombia, de enorme diversidad vegetal, la labor del taxónomo no tiene límites.
El arte de clasificar y nombrar plantas desde un ámbito científico, se lo debemos a un naturalista sueco del siglo XVIII, Carl von Linné, más conocido como Linneo. Puede decirse que con él nacen los métodos formales para clasificar, luego de proponer un modelo denominado sistema binomial, vigente hasta este momento, para asignar nombres científicos conformados por dos partes, el género y la especie. Por ejemplo, pensemos en una planta bien conocida, el Café; su nombre científico es Coffea arabica, una construcción binomial sujeta a reglas tales como estar escrita en el idioma latín, colocar únicamente con mayúscula la letra inicial del género, y resaltar los dos componentes del binomio, ya sea subrayándolos o utilizando formatos como cursiva, itálica o negrilla.
El otro gran aporte de Linneo, fue el proponer un sistema de clasificación o agrupamiento de los organismos vivos basado en jerarquías taxonómicas, de tal modo que hay unas de mayor rango que van abarcando a otras de menor rango. Cada categoría agrupa organismos con afinidades taxonómicas. Para el caso del Café, esta planta pertenece a una categoría denominada género – Coffea -, que a su vez está incluido dentro de la familia vegetal denominada Rubiaceae, que también está circunscrita a su vez, a una categoría más grande, conocida como Orden Gentianales. Este modelo de clasificar organismos siguiendo una jerarquía taxonómica, en general se conserva en el momento, si bien ya tenemos nuevos enfoques para reorganizar la vida, los cuales parten del sistema lineano, pero se basan principalmente en información genética y evolutiva, que no se tenía para épocas anteriores. Esto ha llevado a replantear y proponer nuevos esquemas de clasificación, basados en el paradigma de la evolución orgánica.
Los nombres científicos son el “caballito de batalla” de la Taxonomía vegetal. Los taxónomos damos nombres científicos a las plantas, basados en diferentes criterios: atributos distintivos, nombres comunes, regiones y localidades donde se distribuyen, conmemoración a personas que han hecho aportes a la ciencia, entre otros. De nuevo nuestro ejemplo, donde Coffea podría aludir a la región de Kaffa, en Etiopía, lugar donde se cree tuvo origen el Café, región que los árabes denominaron “qahwa”. Así mismo, arabica se refiere a la región de Arabia, ya que, si bien el café se considera originario del país africano ya mencionado, se ha propuesto que Yemen, junto a otros países árabes, fue la cuna cultural de esta carismática especie vegetal. Fue el mismo Linneo quien otorgó el nombre científico al Café, cuando lo dio a conocer en su magna obra “Species Plantarum”, en 1753.


Muchas personas consideran que los nombres científicos de las plantas, escritos en latín, son difíciles de pronunciar y de retener. Hasta cierto punto esto tiene sentido, si se considera que el latín es una lengua muerta, es decir, ya no se habla en ningún lugar del mundo, y desconocemos en alto grado las bases estructurales de su escritura y fonética. No obstante, el utilizar esta desconocida lengua para la presentación de nombres científicos, permite asegurar que la identidad de cada especie se basa en un único nombre dado en un mismo idioma, para cualquier región del planeta.
Podríamos decir que nos acercamos más a las personas, cuando conocemos sus nombres. Algo similar ocurre con las plantas. Una vez sabemos su identidad taxonómica, ya no son tan lejanas para nosotros. Una buena aproximación para ejercitar el aprendizaje de nombres científicos de plantas, es empezar con especies muy familiares, como son, por ejemplo, las plantas cultivadas; las que consumimos todos los días. El lector podría iniciar con su fruta favorita, o quizás, como reto de mayor alcance, seleccionando la planta preferida de su jardín u otra que vea con frecuencia en sus recorridos cotidianos; intente conocer cuál es su nombre científico o a qué familia vegetal pertenece; hoy contamos para esto con recursos de fácil acceso, como es, por ejemplo, la plataforma de ciencia ciudadana “I Naturalist”.
El ejercicio de conocer las plantas desde sus nombres científicos, contribuirá a que usted pueda visibilizar mucho más estos maravillosos organismos y, por lo tanto, a estrechar los lazos de afecto con el mundo vegetal y fortalecer así su espíritu de viridófilo. ¿Nos tomamos un café?
